Callado como nuera en velorio (nota breve sobre una muerte en Roma)

No tengo nada para decir ¿está bien?

Pero nada.


Allá ellos. Acá yo. Ahí ustedes leyéndome.


Leyéndome separados por kilométricas cadenas de bits. La digitalidad en este momento es sana. Si estuviéramos en la misma misma sala sería incómodo. Me preguntarían con insistencia si me pasa algo, que por qué estoy con cara de perro y probablemente mirando un punto fijo en la pared. 


O tal vez tendría una sospechosísima cara de poker. O cara de no saber jugar al juego.


Así que me llamo a silencio y miro un punto fijo en la pared a solas en casa. Mientras ustedes miran la pantalla ¿entendido?


Bien.


Si….se que es posible que muchos de ustedes hayan compartido algo en redes. En sus estados de Whatsapp. Tal vez hasta compartieron una cadena de oración. O hablaron con extraños en el transporte público sobre la vez que se lo cruzaron en el subte. O cuando le cebó un mate a un conocido de una prima. Hasta yo tengo alguien que lo conoció. 


Qué tema las cadenas de conocidos ¿no?. Había una época en la que se hablaba mucho de los “Seis grados de separación”. Era una hipótesis muy falopa que afirmaba la existencia de una cadena de aproximadamente seis relaciones uniendo y separando a la vez a una persona de otra sin importar la ubicación en el mundo, ni la edad ni la posición social. 


Es decir, entre vos, Lector A, y Lionel Messi hay seis personas de distancia a las que las unen relaciones de diferente tipo. Por ejemplo, tu mamá es prima del jardinero del hijo del entrenador del caniche de Antonela, esposa de Lionel. 


A la vez Lionel es papá del compañerito del primo rosarino del hijastro de la peluquera trava de la tía de mi Lector B…


…que tiene, también, seis grados de separación con el Lector A antemencionado.


¿Ven? Según esta teoría todos estamos unidos por vía de relaciones de relaciones con reyes y mendigos.


Les doy un ejemplo personal y juro que es verídico: mi abuela paterna es prima del padre del asistente de efectos especiales de Steven Spielberg. 


Así como leen.


Soy pariente muy lejano de Walt Conti, creador del animatronic (es decir, la versión en robot de un animal) que pasaba por el tiburón protagonista de la película éxito de taquilla de los setenta.


Lo cual implica que el tiburón fue creado por el primo lejano del escritor del blog Tratando de ser Zen, mejor amigo de la chica que, durante su adolescencia, militaba en la parroquia en la que le cebó mate al que algún día dejaría de ser Jorgium Marium para pasar a ser Franciscus.


Por lo que podemos calcular que entre el tiburón y el animatronic hay cinco grados de separación.


Qué fascinante es el mundo ¿no? No por lo chico. Sino por lo interconectable


Y qué increíble son las películas que en el 2025 muchos se siguen haciendo. En la taquilla y en la cabeza.


Pero bueno. A mi también me irritan esos idiotas que se las dan de cantarte la posta y que la tienen más larga que vos y me propongo no ser uno de esos así que prefiero guardarme lo que pienso y quedarme callado como nuera en velorio.


Lo que tenga para decir me lo guardaré por…..unos minutos. Después seré mi viejo y querido quejoso yo, tratando siempre de ser zen aunque no me salga.


Y ustedes traten también de serlo. Que lo único que me importa es que sean saludables y sobre todo que estén atentos.


Atentos, porque el mundo será interconectable y tendremos menos grados de separación de lo que creemos, pero no deja de ser un inmenso océano lleno de tiburones y pececitos engañosos. Pececitos que andan predicando por ahí la palabra. Predicando ayudarte, aseverando incluso que hablan en nombre de las más desamparadas de los mojarritas, pero como amigos benefactores no tienen más veracidad que la de un animatronic. 


Si, hablo de esos pececitos de cuello blanco que sonríen como peces payaso pero que irritan como medusas. 


De esos pececitos que, cuando la luna está alta y la marea avanza a oscuras sobre las costas de la tierra, organizan de noche la furia de los cardúmenes para que estos no retomen por la fuerza los corales que les han robado.


Pues los corales son para los Peces Gordos, dueños de los mares del globo. No de los cardúmenes. Para ellos están las redes y los anzuelos. Y los pececitos engañosos, para organizarlos. Siempre habrá un Pez Gordo para un Pececito Engañoso. Y el jefe de ellos, su Final Boss: Papá Tiburón.


Es por eso, mis queridxs lectores, que me cuesta mucho empatizar con la muerte de un tiburón. 


Pero bueno, se los dice uno que es una ameba.


Nos leemos la próxima.


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