Enloquecer sin culpa
Mis queridos lectores, les pido perdón por haber estado tan ausente esta semana pero justo se me ocurrió enloquecer sin culpa. Por fin.
Y me di cuenta que necesitamos hacerlo con urgencia. No hay tiempo.
Todo lo demás te invita a hacerlo en silencio. Dudando de uno mismo. Sufriendo.
Esta semana entendí que no puedo eso. y que no quiero. Esta semana me propuse enloquecer de la única manera posible de enloquecer en estos tiempos. Es decir, hacerlo estratégicamente.
Así que tengo chances de ser un poquito más feliz. Pero debo hacerlo cual abogado de mi mismo frente a un juez que sé que nos mira. Tiene cámaras en la calle. Las tiene hasta en tu celular. Tiene incluso un manual oficial de maneras de enloquecer. Maneras de enloquecer según las cuales si presentás la documentación oficial y el certificado de un médico te brindan hasta alojamiento, asistencia, sustancias que te “animan” (qué verbo profundo y enigmático la palabra “animar”, suena a encantamiento).
¿Pero enloquecer felizmente? No señorcito. Eso les molesta. Y se que molesta porque a todo supervisor lo irrita que le digas “no” pero un loco feliz no dice “no”, un loco feliz dice “ni”. Y eso los enloquece a ellos.
Pero bueno. Paro con esta diatriba porque van a pensar que el que está loco soy yo. Y yo solo soy un poco feliz.
Un poco feliz y con dolor de espalda. Hombros y parte baja de la columna. Hay pastillas para eso.
Pero no hay pastillas para trabajar ocho horas, cinco días a la semana. Ya van dos siglos de eso y no descubrieron todavía la pastillita. Gracias anarcos, si no fuera por ustedes serían más de ocho horas.
Ay anarcos……mis antifas enamorados….
¿Y el resto? ¿los que no son anarcos?
Unos, pareciera que quieren volver a la época en la que eran más de ocho horas.
Los otros ahí andan, preocupados por la salvación de las almas vía tecno-industrialización, esa gran versión laica de la Inquisición.
Pero basta de tantas pálidas. Optemos por la locura alegre.
Ayer me dijeron que la locura se parece a la obsesión, que es una especie de deriva de la misma. Y yo dije que estar obsesionado con un proyecto está bueno. Me dijeron que si está bueno no es obsesión y que si una persona está obsesionada le va a costar mucho cambiar su manera de sentir y pensar porque la manera obsesionada de ser está imbricada en su propio modo cerebral de procesar la información.
No dije más nada y la charla siguió. Y siguió como muchas veces sigue. Es decir: hablando obsesivamente de por qué las relaciones no terminan nunca de funcionar, de si poder estar con alguien es un logro, de por qué todo está tan raro en los vínculos humanos….
Y yo me guardé la opinión de que eso a mi me suena, tras escucharlo repetidos sábados (y domingos, y lunes) a obsesión triste. A estar obsesionado con un prometido budín de alegría que nunca llega por más que se reitere una y otra vez la receta y malgastando tiempo y guita en gas (o en citas).
No lo dije. Y seguramente me hubieran explicado que en el amor la obsesión triste es salud.
No importa. Y no importa porque no se quién conoce la razón sobre la verdad.
Lo que sí importa es obedecer o desacatar creyendo que la razón sobre la verdad se conoce. Que estamos al tanto de ella. Que los especialistas tienen todo bajo control. Que la verdad siquiera existe. O si por lo menos tenemos una definición clara sobre qué es una verdad. La verdad ¿es una sola o son muchas?, si son varias ¿son quietas y fijas o son dinámicas y móviles?
Vayamos con el Tao.
Es decir, volvamos a lo nuestro.
La verdad gente es que yo creo que las realidades son muchas pero reality hay uno solo. Y en este momento que nos toca de vivir en este inmenso aparato planetario de “formación de personas buenas” no nos queda otra que elegir nuestra propia locura. Yo elijo la de un proyecto. Un proyecto a la manera de un barco obsesivo que choca todos los puertos y al que se sube el que puede, no el que quiere.
Y estate advertido: si te gusta este blog estás adentro y los viajes en barco son largos y hay peligros. Nuestros enemigos no son meros personajes: son criaturas míticas.
El mismísimo Leviatán (pero atragantado de microplásticos).
¿Y con los obsesivos tristes del emparejamiento qué hacemos? Sáquenles el celular. Esa es mi fórmula para el amor.
Nos leemos la próxima,
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