La máquina de no terminar nada
Muy buenas noches y perdón por empezar fracasando.
No escribí nada desde que empecé el blog. Bah, había escrito algo pero lo dejé sin terminar “para mejorarla más tarde” y ya se imaginan lo que pasó. La máquina de no terminar nada. Lo estoy adaptando para incluirlo en esto que les escribo.
Anduve ahí estas últimas semanas. El punto intermedio entre aburrido, cansado, triste e irritado (Argentina es lo último en enero, lo tercero en julio, lo segundo a partir de septiembre y lo primero nunca) Pero a no desesperar, todo tiene a su manera solución y me estoy ocupando. Hay equipo (interdisciplinario y psicopatológico). Ya hoy me levanté de mejor humor (este no es el momento de contarles que me aumentaron la dosis de la pastilla de la felicidad, mi psiquiatra me dijo que no tengo que revelar tanto). Como decía, ya hoy me levanté de mejor humor, con buenas imágenes mentales y leves coletazos de buen ánimo. Por supuesto ese bienestar duró hasta que prendí la compu, me inserté el USB en la parte de atrás de la cabeza, fiché el inicio de la jornada y aquí me tienen. Existiendo para funcionar y no al revés.
Pero a todo esto ¿y mi salud corporal? ¡que no todo es salud mental hombre! Estoy incorporando el hábito de apilar un par de cajas para poner la compu encima y así trabajar parte del día parado. Me preocupa lo encorvado que estoy, si me pintara de gris sería un cosplay de Gollum.
Creo haberles contado que soy administrativo. No recuerdo haberles contado que hago homeoffice. La soledad y quietud de este formato laboral es deformante y atrofiante de una manera que uno no termina de dimensionar del todo pero si estuviera en una oficina teniendo que convivir con el promedio de los asalariados sería encima “triggereante”. Televidentes, votantes, consumidores, usuarios, espectadores…..todo eso en uno, varios de ellos y encerrados ocho horas en un buró peleando por el control remoto de un aire acondicionado. Prefiero trabajar en un horno prendido.
Es por eso que para descomprimir la cabeza y no perder contacto humano de vez en cuando vengo de visitas a la casa de mi familia en Ituzaingó. Me suelo quedar una semana. Una semana en la que vuelvo al modo hijo. Ustedes podrían preguntarse si soy buen hijo. Si lo hicieran yo seguro les contestaría que no tengo idea de qué es ser buen hijo, que seguro no lo soy pero que tal vez ser hijo implica (entre muchas cosas y aunque a muchos les incomode reconocerlo) realizar una serie de acciones, de brindar algún tipo de servicio a los padres. En mi caso fue el de brindar servicios de atención psicopatológica a mi madre. Escucharla, acompañarla, detectar patrones que ella misma no ve en lo que dice y señalárselo. No suena muy alegre pero podríamos decir que con mi vieja compusimos un ecosistema simbiótico (es decir, recíproco). Yo le brindo ese servicio y ella me cocina durante una semana. Súmenle que me lava alguna que otra prenda (no dejo que me planche la ropa porque yo no plancho la ropa que uso) y al final de la semana, antes de irme, hacemos un estimado monetario muy subjetivo (como toda cuantificación en dinero de tareas de atención, sea cocinar o psicoanalizar) y le retribuyo con plata los servicios de la estadía. Tal vez de la única manera de estar a mano con los padres: simbólicamente.
Con respecto al escuchar atentamente al resto. Me volví muy bueno en eso, creo que es uno de mis rasgos distintivos a la hora de socializar, la característica por la que muchos me reconocen, particularmente con las mujeres. Los homosexuales tenemos cierta debilidad por las mujeres, una tendencia a ser más heterosociales que homosociales (es decir, nos gustan los ambientes mixtos más que aquellos en los que hay solo personas de nuestro mismo género). Yo no soy la excepción pero a eso agréguenle la cualidad de la escucha. Incluso una ex compañera de trabajo, Lucrecia, guardia de seguridad de una oficina en la que trabajé, le dijo a mis compañeros (obvio que en tono de chiste) que “tengan cuidado con Santi que es brujo”. Me pareció gracioso y un poco cierto. Para mi la intimidad tiene olor, nuestros estados de ánimo producen cierto aroma o incluso cierta electricidad que con alguna parte del cuerpo la puedo sentir.
A mi auto percibida intuición (corroborada un poco por otros) súmenle mi condición de eterno paciente psicoterapéutico. Creo que ya perdí la cuenta de los años que llevo haciendo terapia pero serán…, ¿diecinueve años? No se, me acuerdo que arranqué terapia hace tres Papas.
Bueno, no digo más. La mejor estrategia de márketing es ocultar que no hay nada que vender y no quiero que se note.
Nos leemos la próxima.
Cómo siempre, otro relato intimista y ameno, que refleja tantos pensamientos y emociones que compartimos todos aquellos que trabajamos para ser zen. Mi puntaje es 10! 😅🤗😉
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