El discreto encanto del administrativo

Querido/as lectores/as


Estos días no les escribí no por falta de temas, sino por falta de fuerza.


Hay que tener muchísimo ánimo cuando los temas de los que hay que hablar son tantos. Y ese ánimo, como laburante, siendo casi diciembre, en el 2024, en Argentina, perteneciendo a la población homosexual, bajo el gobierno de Conan, y no identificándome con las ideologías de la oposición (se comenta por ahí que hay una llamada oposición) y por ende no teniendo con quién desahogarme de una manera que me haga sentir efectívamente contenido, puedo aseverar que no lo tengo. Demasiada información para mi cerebro. 


Por ende no pude encontrar la manera de sentarme y que fluya la escritura. Me enredaba en lo que sentía y lo que pensaba, me frustraba y eso lo empeoraba. Se supone que escribo por placer. Y si no hay placer entonces mejor no escribo ¿Para qué hacerlo si voy a sufrir?


Pero aquí me tienen. Sábado al mediodía. Sentado en la cama, la espalda apoyada en la pared y la notebook en la falda. ¿Tengo las cosas en claro ahora?


Pero por supuesto que no señores/as, pero también entiendo que no tengo que tener nada en claro para escribir. Incluso podría escribir sobre cómo no tengo nada en claro. ¿Quieren que les muestre mis diarios personales que escribí a lo largo de los años? Soy un experto en no tener nada en claro y aún así escribir.


Como laburante tengo más que claro que evidentemente mucho no me gusta la relación de dependencia. Durante unos años tuve un trabajo que me gustó mucho y que disfruté pero hoy entiendo que difiere claramente de las tareas que realizo actualmente. Ese trabajo era administrativo, si, pero era presencial, e implicaba administrar el orden de objetos. A qué voy con esto, yo era el asistente por así decir de lo que podríamos llamar un local. No atendía al público (tarea que no me gusta en lo más mínimo) sino más bien ayudaba y asistía materialmente a los que sí atendían al público y a los administrativos que estaban en el backoffice. Yo no hacía gestiones de solicitudes ni las autorizaba o denegaba ni tampoco ponía la cara para recibir y escuchar (y en ocasiones hacer enojar) a la clientela. Yo era un agente invisible que iba de acá para allá manteniendo el orden del lugar, ordenando los materiales para la tarea diaria, colocando, reponiendo y solicitando la folletería, manteniendo al día el correcto orden cronológico del archivo de trámites, administrando los insumos de librería, cambiando y haciendo pedidos de toners y recambio de teléfonos rotos. 


Claramente era un trabajo menos estresante que la atención al público y mucho más dinámico y entretenido que el de gestionar solicitudes que es lo que podríamos decir que hoy realizó. Pero agregaría que era incluso placentero. Era presencial, sí (hoy todo se digitaliza e incluso hay cada vez menos locales), pero además era corporal. Te generaba esa sensación de placer que genera el limpiar y tener por fin ordenada tu casa. Te generaba placer el tener el archivo ordenado y hasta cierto orgullo cuando tus compañeros te agradecían el no tardar nada en encontrar una documentación perdida en la memoría. Era dinámico, era corporal pero también era servicial y eso le da un sentido claro y conciso a cualquier tarea que uno realice. Uno sabe que lo que hace se hace para un otro, al que uno le ve la cara y que al otro le sirve. Y encima cuando está bien hecho al otro lo alivia la eficacia y el ahorro de tiempo.


Pero hoy es casi todo homeoffice. Con vías de serlo cada vez más. Incluso está en vías de ser automatizado


Y hoy es todo gestión, pura lecto-escritura (y miren que me gusta leer y escribir eh). Es solo eso. Nada de cuerpo, el único recorrido es de casa al traumatólogo, del traumatólogo a casa. Nada del placer de gestionar el orden de un espacio, de la simetría gustosa a la vista de una librería ordenada. Y nada del placer de ser servicial. Ya no se ven caras, ya no me cago de la risa con las chicas de cafetería ni chusmeo con la chica del buzón. Ahora solo veo las fotos de las cámaras apagadas de los Meets o Zooms y solo escucho el sonido del pop up de una ventana de chat para avisarme que una clienta se quejó por un trámite mal hecho o de un mensaje de whatsapp de mi supervisora reclamandome sin reclamar (porque vieron que en las burocracias está mal visto actuar como si estuviéramos en una burocracia) que no estoy llegando al número o que no notan que yo empiece a trabajar en punto a la hora estipulada (qué obra del pensamiento mágico el creer que es, no digo eficiente (porque no lo es) sino verosímil que el humano históricamente logró todo lo que logró porque adoptó la jornada laboral moderno industrial. Lo único que buscan teniéndote sentado ocho horas, cinco días a la semana es tenerte ocupado y controlado. No les importa la productividad).


Miren, no me malinterpreten. No estoy teniendo esta remembranza porque extrañe románticamente la cultura laboral pre pandémica. Ya se van a enterar en otra carta que les escriba que soy pro reducción de la jornada y la semana laboral, que estoy a favor del salario básico universal e incluso soy de la opinión que debería haber una Asignación Universal de Terreno. Uno por persona y gratis. 


Pero esta semana no les pude escribir porque yo mismo no me estaba pudiendo comprender. Estaba mareado (y tal vez lo sigo estando) y entre temas personales, de laburo, de situación sociopolítica lo único que sentía era frustración. Y con esta carta pude tener un poco más claro qué me está pasando con mi trabajo. Tampoco es que antes me sentía plenamente feliz, pero claramente me gustaba más que la suma de tareas que realiza actualmente.


¿Voy a cambiar de trabajo en la situación actual? No lo sé pero no lo creo, no me parece aconsejable al menos por ahora, más ante un año electoral.


Y creo que voy a terminar mi carta acá y eso que solo cubrí lo laboral. aquello que me compete como “laburante”. Porque en todo lo que refierae al hecho de ser “casi diciembre, en el 2024, en Argentina, perteneciendo a la población homosexual, bajo el gobierno de Conan, y no identificándome con las ideologías de la oposición (se comenta por ahí que hay una llamada oposición) y por ende no teniendo con quién desahogarme de una manera que me haga sentir efectivamente contenido”.......mamita querida para eso necesito otros blogs, no otra carta.


Nos leemos la próxima.


Comentarios

  1. Cuando comentabas lo de tu anterior laburo te imaginaba onda dependienta de un konbini, onda La Dependienta, de Sayaka Murata. Y sí, como empleado remoto confirmo lo que decís, pero en mi caso lo disfruto muchísimo, nada mejor que no estar presente mientras se dan esas danzas corporativas llenas de politeness e hipocresía. Aguante el jogging, el mate y las florecillas viejo

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